Él y ella somos todos nosotros en ellos

Hace un tiempo vengo entrenando la mirada en los cuerpos en las calles, en las aulas, en las oficinas, en las casas, en clases de teatro, en obras de teatro, en el cine, en el mundo. Cuerpos significantes, que hablan por sus marcas, por su registro sensorial de lo vivido, por la búsqueda de su exploración y de construcción de nuevos modos de habitarlo.
Hoy a las 9.30 am, colectivo línea 168, camino al trabajo, sube una pareja de jóvenes de clase baja de mi edad, 25 o 26 años aproximadamente. Él zamarreándola a ella, ella quieta, petrificada, su mirada al piso al límite del llanto. Los pasajeros observan tímidamente, circulan comentarios por lo bajo, el colectivero interviene y le pide a él que se baje. Él putea, la suelta y se sienta a mitad del colectivo. Ella queda mirando al piso cerca de la escalera de entrada, como si su cuerpo no pudiera caminar. Yo estaba en el asiento de adelante que va a contra-mano, mirando hacia los otros, decido pivotear la mirada entre él y ella, ella y él, él y ella y así sucesivamente. El colectivo vuelve a la normalidad. Cinco o seis paradas después ambos se bajan, él por la puerta del medio, ella por la puerta de entrada. En la calle, en Avenida Córdoba y Gascón, él la vuele a zamarrear, ella grita, se aleja y camina para el lado contrario a él. El colectivo arranca y sigue viaje. El mundo sigue caminando hacia algún rumbo. La situación me recorrió el cuerpo. Tenía ganas de detener el colectivo, de detener el tránsito en la Avenida Córdoba, de detener el mundo, de sentarnos a todos a reflexionar sobre lo que acababa de suceder. Violencia ante nuestros ojos y todos seguimos nuestras vidas como si nada. ¿Y estos jóvenes? ¿Vamos a seguir naturalizando estos modos de vinculación? ¿Y los cuerpos? ¿Y los registros? ¿Y sus vidas? ¿Y nuestras vidas? ¿Y la vida de todos? ¿Y el amor? Lloro, grito, desespero por dentro. Me recorro con la mirada, relajo los hombros, la cabeza, las piernas, los pies, escucho música relajante, me pierdo en un violín y en una voz mágica e intento recobrar la tranquilidad en mi cuerpo. Media hora más tarde bajo en mi parada, en Nuñez, decido caminar aflojando las articulaciones.Terminó el día y sigo sin poder creer que esto siga pasando ante mis ojos y que el mundo siga funcionando, rearticulándose, naturalizando contactos corporales violentos. Siento que algo irrumpe, se naturaliza lo no naturalizable y todo se reestructura, como si nada, como si la vida se tratara simplemente de esos movimientos.

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