Constitución, ¿cómo instituir/constituir? Martes 13 de mayo en Buenos Aires, mi ciudad

Ayer tuve una clase del Seminario Prácticas comunicacionales con enfoque de género que estoy cursando en el último cuatrimestre de la carrera. La clase fue sobre violencia simbólica, específicamente la mediática, agudizando la mirada en grupos sociales subordinados/discriminados/estigmatizados en estructuras patriarcales. Es decir, la representación mediática de la violencia de género, haciendo hincapié en nuestra responsabilidad teórica, ética y política y en ser sujetos activos tanto en intervenciones desde producciones en diversos soportes como en políticas públicas. La clase fue interesante, más anclada en casos concretos que en disquisiciones teóricas y, por momentos, las posibilidades reflexivas y transformadores parecían desaparecer ante la perspectiva morbosa y discriminatoria desde la que construyen los hechos sociales los medios masivos de comunicación. Naturalizan, reafirman y multiplican desde el prejuicio y desde la reproducción de un statu-quo demasiado poco alentador. Terminó la clase, 17 hs, caminamos con una compañera hasta el Complejo Arte Cinema de Constitución, el barrio habitado en sus esquinas por mujeres en situación de prostitución. Conversamos brevemente sobre la clase, los finales que nos quedan para recibirnos, posibles ideas de tesis.  Llegamos a la puerta, hora de despedirnos. Antes de irse, me contó que se tenía que tomar el tren para Lanús, que si no llegaba tarde a su clase de danza, conectamos rápidamente con el Área de Cuerpo y Comunicación que está con propuestas muy lindas, concordamos en la necesidad de ese campo de estudio y producción en la carrera. Se nos acercaron dos chicos, de 10 y 12 años respectivamente, el de 12 le insistía al de 10 para que nos mostrara “el cuchillo”, un Tramontina. Parecía un rito de iniciación, una experiencia formadora en la que el que más sabía guiaba al más inexperto. El niño con el cuchillo me lo mostró y me pidió que le diera el celular y toda la plata.
-“Hacelo rápido y no pasa nada. Si no, te corto con el cuchillo”.
Lo observé y estaba temblando, casi no podía pronunciar las palabras. Me pareció que estaba drogado.
Mi compañera de seminario se quedó petrificada. No sé cómo abrí la puerta del cine, entré, ella hizo lo mismo, los chicos salieron corriendo. Al instante, un señor de unos 50 años también entró, nos dijo que un patrullero vio la escena y que los quería perseguir. Nos propuso hacer la denuncia, mientras balbuceaba: “Estos pendejos de mierda, los metés en cana y al día siguiente ya están afanando de vuelta”. No supe qué era más grave: si la realidad cotidiana de los chicos, si el pensamiento del hombre o si hacer uso del aparato de coacción física del Estado para violentar a niños en desquite por la situación violenta vivida. Los de la boletería del cine no se habían percatado de nada de lo sucedido en la puerta. Decidimos comentar en la próxima clase del seminario lo que nos había sucedido.
Compré la entrada para “Humano”. Me senté en una mesa. Pedí un café con leche. Ya no pude salir del complejo del cine. Intenté tranquilizarme, darle lugar a la angustia. Llamé a Nico y a Juli para contarles lo que me había sucedido. Estaba enojada y desencantada, hubiera querido abrazar a los niños e invitarlos a tomar una chocolatada caliente y hacer la tarea con ellos o escribir, leer, pintar, dibujar, conversar. Hubiera deseado profundamente cruzarme con ellos en otro contexto, en el que pudiera hacer algo. También me di cuenta que podrían haber tenido un cuchillo más zarpado y que podría estar hoy internada debido a un cuchillazo por un celular y unos mangos. Con Nico nos dimos nuestra extensa charla sobre qué hacer, cómo, desde dónde, cómo soportar el dolor y el horror, asumiendo que nuestros ideales de los veinte ya no tenían la misma fuerza. Quiero participar en un Bachillerato Popular. Al terminar las llamadas telefónicas, conocí a Nina, una mujer de unos 70 años, que me interpeló comentando que esa complejidad es la vida misma y que intentara no sufrir tanto. Me contó que es jubilada, que fue docente de Artes Plásticas, que hace esculturas, que le gusta ir a ese cine y ver muchas películas de corrido. Ya se había visto casi todas las películas en cartel, me contó de qué se trataban y me recomendó algunas. Le pregunté si no escribía lo que le sucedía con el arte, me transmitió su pasión, estaba en toda la movida y su mirada era sutil y sus comentarios muy elaborados. Me dijo que no se animaba y que a su edad ya se había pasado el tren. “¡De ninguna manera!”, le dije, pues en el IUNA está repleto de cursos breves y accesibles. La invité a sentarse en mi mesa, pero prefirió quedarse a un costado y dejarme estudiar hasta que se hiciera la hora de “Humano”. A las 19 hs entramos al cine, nos sentamos una al lado de la otra, me convidó un caramelo. Comentamos la película a la salida, yo sentí que era una propuesta de intercambio inter-cultural de acceso a la cultura andina y de otra conexión posible con la naturaleza, pero que era simple y reiterativa. A ella le habían gustado algunos planos y le interesó que se mostrara al menos algo de una cultura tan distinta. Le insistí con que se animara a escribir, le expliqué que no depende de un gran medio, que puede gestionar su propio blog por el placer de hacerlo. Me dijo que le costaba usar la compu, pero me dio su teléfono para que le dijera si sabía de cursos breves que ella pudiera hacer. Nos despedimos y me dijo: “Me encantaría que fuéramos otro día al cine juntas”.
Nina se metió en otra sala para ver otra película. Yo salí del cine y me encontré a cenar con Sandra. Su auto nos hizo llegar a un lugar zen de comida hindú en Palermo. Conversamos hasta altas horas de la noche, el tiempo pasó más rápido de lo que pudiéramos darnos cuenta. Y, por suerte, ya era miércoles 14 y otros aires parecieron circular(me).

Gracias a Martu por alentarme a escribir y a hacer algo con lo que viví ayer.
Gracias a Poni por contarme una experiencia similar y por comprometerse a enseñarme cómo abordar estas situaciones con chicos.

 

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